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Tacones Cercanos: “¿Saber o no saber? Esa es la cuestión”

TACONES CERCANOS.

Hallar una película italiana en la cartelera de cine, es siempre una buena noticia. Más aún si se trata de una comedia, pues suelen añadir la promesa (normalmente cumplida) de disfrutar de las exageraciones propias del gentilicio y el acento cantarín que extrema la diversión. Los siete protagonistas del filme “Perfectos desconocidos” tienen tantos puntos de comicidad como oscuridades, secretos que salen a la luz durante una inofensiva cena de amigos que se torna una extraña partida de Strip Poker, en la que cada uno de ellos se irá despojando de sus mentiras.
Todo comienza cuando Eva, la dueña de casa, le regala a sus invitados (sus más íntimos amigos) el siguiente titular: los teléfonos celulares son para nuestras vidas, lo que las cajas negras para los aviones, artefactos diseñados con la finalidad de recoger datos y conversaciones ocurridas durante el trayecto. Con esta premisa, todos los asistentes a la cena, Eva y su esposo, otros dos matrimonios y el amigo regordete solterón, deciden lanzarse en caída libre a un juego altamente peligroso que consiste en colocar sus teléfonos celulares en el centro de la mesa y, de ahí en adelante, compartir con el grupo cada llamada y cada mensaje que se reciba.
Para alivianar el spoiler al que les tengo acostumbrados cada quince días, mis queridos lectores, grosso modo voy a decir que aquellos celulares fueron poco menos, que una Caja de Pandora. En mayor o menor grado los siete amigos se mentían mutuamente, algunos por omisión y otros como auténticos profesionales del engaño. Entre vino, ñoquis y risas que se iban petrificando, se descubrieron infidelidades, temores, odios, problemas familiares, de trabajo, vicios, frustraciones e, incluso, preferencias sexuales.
Y precisamente en el punto álgido de la película, cuando han explotado todas las bombas emocionales, es cuando los espectadores empezamos a dudar de la verosimilitud de la historia. Porque, vamos a ser claros, si uno tiene tantos frentes abiertos, tantos y tan turbios asuntos qué esconder, ¿cómo se presta a un juego del que saldrá irremediablemente descabezado? De ahí, mis queridos lectores, mi primera reflexión: obviando los agravios sin retorno (me refiero a las mentiras tan dolorosas que cuesta perdonar y olvidar), ¿quién se considera lo suficientemente transparente como para soltar su celular en el medio de una mesa y verse desnudo frente a sus más íntimos amigos?
Me explico: ¿sería usted capaz de leer en voz alta un mensaje de su mejor amiga para comentar “con sapiencia” la vida de otra de sus íntimas amigas? ¿Pondría el manos libres durante la llamada de un empleado, acusando otro? ¿Revelaría el contenido del WhatsApp con uno de sus hermanos, quejándose de un tercero? ¿Y los de sus hijos? ¿Sus médicos? ¿Su banco? ¿Su empleada doméstica? ¿Sus jefes? Piénsenlo, mis queridos lectores, nuestras cajas negras, nuestros teléfonos celulares, recogen quienes somos, y también, quienes no queremos ser de cara al público.
Pero volviendo al filme, pasado el momento de las terribles revelaciones, los siete amigos dolidos y las parejas destruidas se van marchando de aquella casa con la firme intención (o eso creemos los espectadores) de no volverse a juntar nunca más…  Pero un inteligente giro del guion nos hace volver a creer en la película y desconfiar un poco más de la vida: aquella noche de revelaciones jamás existió, fue un “futurible”, una mera posibilidad en una noche de eclipse lunar, una quimera o quizás un sueño.
Entonces los amigos salen del ascensor como si nada hubiese ocurrido, como si en una realidad paralela hubiesen sido esas otras personas que se desenmascararon unos a otros. El soltero regordete se marcha una noche más, sin poder abrirse frente a sus mejores amigos, y las tres parejas se cogen de las manos aguantando el peso de sus conciencias, aceptando arrastrar sin remedio su felicidad de cabotaje. Y aquí mi segunda reflexión: ¿nos quedamos con la primera o con la segunda opción de la película? ¿Preferimos enfrentarnos a la verdad o seguir adelante con la mentira sin estridencias? ¿Exigimos sinceridad o miramos para otro lado? ¡Saber o no saber, señores! “Esa es la cuestión”.

EDITORIAL.

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Periodista y escritora… o viceversa
Militante acérrima del humor, fundamentalista de la curiosidad y defensora a ultranza del sentido poco común del común de las mujeres.

 

“Ser o no ser, esa es la cuestión… ¿Cuál es más digna acción del ánimo? ¿Sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia? (William Shakespeare)

ESCENA INTERIOR/NOCHE. SIETE PERSONAS SENTADAS EN UN LUMINOSO COMEDOR. Plano general de una mesa concurrida: platos variados, botellas de vino tinto y, en el centro, siete teléfonos celulares. El anfitrión de la velada, un hombre alto, atractivo, sale del comedor con su hija adolescente. Tres mujeres y tres hombres le esperan en silencio, concentrando la atención en el celular, al que le ha entrado un mensaje de WhatsApp. El dueño del teléfono, un hombre delgado, con barba y bigote al ras de la piel, lo coge ante la mirada acuciosa de su esposa. Ella, joven, pelirroja, maquillaje sutil, lo incita a leer el mensaje en voz alta. “Son las reglas del juego”, le dice con una sonrisa nerviosa. “No tengo registrado el número”, anuncia el hombre de barba y bigote, pero traga en seco y lee “deseo tu cuerpo”. La esposa le pregunta quién le ha escrito y por qué. El hombre está turbado, niega con la cabeza hasta que el anfitrión aparece en el comedor con un teléfono en la mano: “lo he enviado desde el celular de mi hija”, se ríe exageradamente, “¿el juego acaba de empezar y ya vamos a discutir?”. Se sienta a la mesa, descorcha una botella de vino, y propone un brindis. (PELÍCULA “PERFECTOS DESCONOCIDOS” DE PABLO GENOVESE)