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Tacones Cercanos: Remordimientos

TACONES CERCANOS.

 

He intentado evitarlo pero, mis queridos lectores, me ha resultado imposible: esta columna contiene irreductiblemente un spoiler ¡Y de los buenos! ¡Grande como la copa de un pino! Estrictamente necesario para exponer el tema del que hoy quiero reflexionar con ustedes. Se trata de la que fuera la serie estrella de Showtime en su primera temporada (que ya ha anunciado con bombos y platillos la inminente llegada de la quinta), Ray Donovan, protagonizada por un atormentadísimo Liev Schreiber (el otrora hermano malvado de Lobezno), que funge de tipo duro que soluciona problemas a los directivos poderosos de la industria del cine en Los Ángeles.
Ray Donovan se encarga de arreglar esos “asuntillos oscuros” en los que sus clientes se ven envueltos. ¡Y lo hace sin despeinarse! Sin tan siquiera arrugar mínimamente sus impolutos trajes Tom Ford. Los problemas a los que Donovan se enfrenta repasan, multiplican e, incluso, reinventan los Siete Pecados Capitales. Y lo curioso es que no provienen exclusivamente de sus clientes millonarios, pues sus dolores de cabeza más acuciantes se generan con la salida de la cárcel de su padre (un delincuente sin escrúpulos, pero con mucho carisma), con sus dos hermanos, uno epiléptico y otro arrastrando el trauma de un abuso infantil, y con sus dos hijos, una adolescente díscola y un bobalicón que solo desea portar un arma.
En medio de esta vorágine de almas corruptas y caminos desviados, emerge una luz al final del túnel; una figura en la que apoyarse, un mujer leal, compañera y solidaria: su esposa Abby Donovan… ¡El personaje con el que Ray Donovan peor se comporta en toda la serie! Mientras Ray se emborracha, pone los cuernos a diestra y siniestra, vive liado con los chanchullos de su padre y amargado por culpa de un pasado miserable… Abby se despierta con una sonrisa, se esmera cocinando para la familia, se machaca en el gimnasio a fin de mantener las carnes en su lugar, celebra los cumpleaños, las bodas y los bautizos, se ocupa de las tareas de sus hijos y, para más INRI, se pone lencería negra por si acaso pilla a su marido milagrosamente cariñoso alguna noche.
Y así va la vida en la casa de los Donovan, entre líos policiales y cadáveres desaparecidos; Abby pidiendo afecto y Ray negándoselo. Hasta que… ((¡Ojo, aquí viene el spoiler!)) ella fallece por un cáncer terminal. Y sí, mis queridos lectores, ese hombre que antes era un témpano de hielo, indolente, egoísta y encerrado en sí mismo, ahora lloriquea por los rincones, regresa a casa a la hora de la cena, cuida de sus hijos, acaricia a su perro, duerme todas las noches en su cama y le presta atención a cada detalle de la ropa de su fallecida esposa. ¡Hasta se vuelve decente y empieza a defender a los buenos y a atacar a los malos en su trabajo!
Y ahí es cuando uno se pregunta: ¿y ahora? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene convertirse en la persona que jamás se ha sido solo por remordimientos? ¿No hubiese resultado más lógico apreciar las cualidades de la esposa cuando aún respiraba? ¿El sufrimiento es el remedio para expiar las culpas? ¿O no es más que una representación teatral para con nosotros mismos? Porque, amigo lector, si a usted no le gusta su trabajo, no se relaciona con su pareja, se muestra ausente con su familia (que posiblemente sea la vida que usted eligió o la que usted se merece)… ¡Cámbiela a tiempo! Y si no lo hace, pues entonces no vaya después lloriqueando por todo lo que debió hacer y jamás hizo, pues a punta de remordimientos y latigazos morales nunca, jamás de los jamases, se consigue retroceder el tiempo.

EDITORIAL.

“Los remordimientos se adormecen
en la prosperidad, y se agudizan
en los malos tiempos”.
Jean-Jacques Rousseau

 

Escena exterior/ día CENA EXTERIOR/DÍA. CONCURRIDA CALLE DE UN BARRIO POPULAR EN LA CIUDAD DE LOS ÁNGELES. Una mujer de melena rubia, delgada, rondando los cuarenta y cinco años, sale de un local comercial ubicado a pie de calle. Se detiene en la acera y comienza a llorar desconsoladamente. La sigue un hombre corpulento; está agitado, caen chorros de sudor desde su frente. Es un tipo alto con una mirada displicente. Coge a la mujer de un brazo, “nos vamos a casa”, le dice apretando su carne con los dedos. Ella llora, eleva el volumen de su lamento, intenta zafarse, pero el hombre la ha inmovilizado. “No quieres este matrimonio, no me quieres a mí ni a los niños”, le echa ella en cara dando voces desesperadas. El hombre introduce a la mujer en el auto y, antes de arrancar, la mira un largo rato directamente a los ojos. “Estaremos juntos siempre”, decreta. Ella lo escucha y vuelve a llorar. (“RAY DONOVAN”, SERIE DE TELEVISIÓN DE ANN BIDERMAN).