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TACONES CERCANOS l “¿Podrías necesitarme, por favor?”

TACONES CERCANOS.

Si usted, mi querido lector, es admirador de Daniel Day-Lewis, en primer lugar debo alabarle el buen gusto y, en segundo lugar, recomendarle Phantom Thread, un filme que contó con seis nominaciones en la última edición de los Premios Oscar y fue considerado uno de los diez mejores de 2017.
Pero, lo más importante, es que si usted disfruta con el trabajo (tan brillante como esporádico) de este magnífico actor británico, debe saber que él mismo ha comunicado que esta será la última vez que se coloque frente a una cámara para regalarnos inolvidables interpretaciones, como la míticas Mi pie izquierdo, Una habitación con vistas o En el nombre del padre. Dicho esto, le ruego encarecidamente que no se pierda esta intensa, oscura e inteligente película: una historia de amor alejada de estereotipos y, en mi opinión, bastante apegada a la realidad.
Phantom Thread narra la historia de Reynold Woodcock, un famoso modisto en los glamorosos años cincuenta en Inglaterra, encargado de vestir a la realeza británica, a las damas más influyentes de la sociedad y a algunas estrellas del cine. Un hombre metódico, estructurado, egocéntrico, con un indiscutible talento. Es el rey de su atelier habitado por mujeres, siendo su hermana y socia la única admitida para influir moderadamente en su conciencia. Un hombre que saltaba de un romance a otro hasta que una camarera, Alma, irrumpe en su vida para enredar el hilo con el que ha ido enhebrando su camino. Alma es espontánea, cariñosa, cercana, imprudente. Una mujer joven que desea vivir su amor apasionadamente; una chica inasequible al desaliento muy a pesar de los constantes tortazos que se da contra la indestructible pared que el diseñador ha interpuesto entre los dos. La relación parece condenada al más absoluto fracaso hasta que, producto de la casualidad, Alma descubre una fórmula mágica para salvar su matrimonio: conseguir que Reynold la necesite.
Alma identifica una oportunidad que le permite comunicarse con Reynold íntimamente: el momento vulnerable en el que la enfermedad física elimina fuerzas, barreras, autonomía; instantes desesperados en el que se acepta ayuda y se demanda el afecto. Mientras él esté enfermo, ella será el centro de su universo; ella lo será todo porque él, a duras penas, solo podrá controlar su respiración, doblegando su carácter, cediendo a la vergüenza, olvidando las indignidades para entregarse en sus manos sanadoras. No voy a develar el final porque, además, devine en otro tema de reflexión más cercano al cliché “cada pareja es un mundo” con su particular (y a veces estrambótica) manera de relacionarse.
Me gustaría detenerme en la siguiente reflexión: ¿sólo podemos amar si necesitamos o nos necesitan? ¿Es en las horas bajas cuando demostramos quiénes somos en esencia? ¿Y quiénes somos en esencia, los que practicamos el “yoísmo” en las etapas radiantes o los que imploramos ayuda cuando nos sentimos indefensos? ¿Es la necesidad del otro el pegamento extra fuerte de las relaciones de pareja?
Y sí, mis queridos lectores, yo también (seguramente igual que muchos de ustedes) he sido infectada con esa idea romántica de desear que la persona amada no pueda vivir sin nosotros; ser imprescindibles, fundamentales, la tapa del frasco, la última Coca-Cola en el desierto…
Pero, ¿debemos conformarnos con esa devoción solo cuando ocurra algún entuerto que vuelva necesarios? En mi opinión (digo esto asumiendo el riesgo de que parezca una de esas frases cursis que invaden las redes sociales), debemos aspirar a tener una pareja que pueda vivir sin nosotros pero no quiera; que sea dichoso cuando no estamos pero que se sienta en la gloria cuando llegamos; una persona que nos sume y a la que le sumemos.
Y, ojo, que no estoy incitando al individualismo o la insolidaridad, ni mucho menos al suicidio emocional que sería reprimirse y no recostar la cabeza en el hombro del otro cuando se nos escapen las fuerzas. Pero eso sí, sugiero que no nos conformemos nunca, jamás de los jamases, con alguien que nos aprecie únicamente cuando le estamos poniendo un termómetro en la boca.

EDITORIAL.

ESCENA EXTERIOR/ DÍA. EN UNA ILUMINADA HABITACIÓN UN HOMBRE ESTÁ COSIENDO A MANO. El hombre rondará los sesenta años, delgado, atractivo, con un aire de distinción evidente en sus escasos movimientos. Lleva el cabello cuidadosamente engominado; sobre las rodillas una preciosa tela color oro que está zurciendo con pericia. Entra una mujer en la habitación, tiene unos treinta años, alta, sencilla, poco maquillaje y el cabello rojizo recogido en la nuca. El hombre la mira pero sin mirarla. Ella coloca una bandeja de plata sobre la mesa, coge la tetera y vierte (desde una altura más que considerable) el té dentro de una coqueta taza de porcelana. El hombre le habla sin levantar los ojos del hilo y la aguja, lentamente, con un exquisito acento inglés: “no he pedido té”, le dice mientras ella, ruborizada, le explica que supuso que podría apetecerle una bebida caliente. “Me apetece trabajar”, insiste el hombre, y ella vuelve a colocar la porcelana en la bandeja agregando que “no pasa nada”, que se lo llevará inmediatamente. “Sí pasa”, concluye el hombre, “el té ya no estará pero tu interrupción me acompañará toda la mañana”. Ella exhala el aire a modo de queja y abandona la habitación dando un portazo. (PELÍCULA “PHANTOM THREAD” DE PAUL THOMAS ANDERSON).