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Tacones Cercanos: Enemigos íntimos

TACONES CERCANOS.

La marca personal de los pilotos de Fórmula 1 ha sido siempre tan efectiva como los abdominales de Cristiano Ronaldo, el cabello de David Beckham o la ceja levantada de Rafa Nadal. Si a eso le sumamos que, como algunos toreros, se juegan la vida en cada carrera, resulta comprensible que sigan provocando tantas pasiones entre la afición. Sobre esto precisamente, sobre coquetear con la muerte a inimaginables kilómetro por hora, trata la película Rush, que se centra en la temporada de 1976 cuando se registraron unos cuantos accidentes y una de las batallas más recordadas de la historia de este deporte: el duelo entre el austríaco Niki Lauda y el inglés James Hunt.
La película cuenta cómo los dos pilotos, ambos procedentes de familias estables y acomodadas, se lanzan al vacío persiguiendo un sueño. Niki Lauda organizado, pragmático, hábil con la mecánica y disciplinado en su rutina, enfrentado a un James Hunt impulsivo, disperso, arriesgado y especialmente sensible a los vicios. Opuestos en forma y fondo (Hunt, un auténtico “adonis” rubio, zalamero y mujeriego; Lauda, bajito con dientes de conejo, conservador, arisco y poco dado a la galantería), ambos pilotos se dejan la piel en cada una de las carreras en las que, además de la gloria, desean imponerse a su mejor rival. Una película donde no hay malos ni buenos, sino dos protagonistas que no pueden evitar las grandezas y miserias que definen su relación.
Durante hora y media, Ron Howard nos enseña carreras trepidantes, mujeres hermosas, esfuerzo, competencia, avaricia, egoísmo y, como no, al escultural Chris Hemsworth (para más datos el actor que personifica a Thor y el marido solícito de Elsa Pataky) y al estupendo actor alemán Daniel Brühl, en un duelo entre sucio y limpio que, aunque suene paradójico, los engrandece. Y este es el punto en el que quiero detenerme para reflexionar con ustedes porque… ¿Es verdad que despreciamos a nuestros enemigos? ¿Es realmente cierto que desaprobamos su comportamiento? ¿O tal vez denostamos aquello que nos gustaría ser/tener y no hemos conseguido? ¿Se trata de una admiración difícil de digerir?
Sé muy bien, mis queridos lectores, que ahora estarán pensado que “enemigo” es un concepto demasiado grande, que ustedes no tienen esas bajas pasiones y que la palabra rencor no está en sus diccionarios. Pero si buscamos la definición de “enemigo”, encontramos como primera acepción “contrario” y es entonces cuando yo me pregunto lo siguiente: ¿las personas con las que nos comparamos son nuestros contrarios? ¿Nos resultan tan reprobables aquellos con los que competimos? ¿Cuán opuesta puede ser la vida de otro si invertimos tanto tiempo e interés en monitorearla?
El caso de Niki Lauda y James Hunt es una historia de amor/odio que a ambos le ayudó a ser mejores. Lauda volvió a las pistas a las tres semanas de sufrir un grave accidente (que le dejó el rostro desfigurado) con un solo objetivo en mente: evitar que Hunt se coronase campeón de la temporada. Por su parte, Hunt adquirió ciertos hábitos saludables y la concentración (que le era negada de fábrica) para imitar la técnica de Lauda y fundirla con su natural arrojo. Se necesitaban para superarse y se odiaban a muerte cuando uno u otro se descolgaba con una superioridad.
John Lennon y Paul McCartney, Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, Fito Páez y Joaquín Sabina, Bette Davies y Joan Crawford, Maradona y Pele, Roger Federer y Rafael Nadal, Jean Paul Sartre y Albert Camus, por poner algunos ejemplos mediáticos de esas duplas grabadas en la historia, de admiración y rencor por etapas, que nos imposibilitan imaginar que podría haber sido uno sin la existencia del otro.
Así que, mi querido lector, si usted piensa que no tiene enemigos, reciba mis más sinceras felicitaciones. Pero si alguna vez se llega a sentir desganado, sin impulso, falto de metas o sueños por atrapar… ¡búsquese un contrario al que admirar sanamente, que le resulte inspirador y le rete a salir de su cueva tranquila! Y no estoy hablando de envidia, que es la simple satisfacción por la desgracia ajena, sino de esas personas que con su brillo nos van iluminando el camino, germinando en nosotros los deseos de ir a la par o, incluso y sin desesperarse, un pequeño pasito por delante.

 


EDITORIAL.

ESCENA INTERIOR/ DÍA- DOS HOMBRES DENTRO DEL HANGAR EN UN AERÓDROMO.  Uno de los hombres lleva una gorra deportiva y controla las ruedas de su avioneta mientras conversa con el otro, un tipo alto y fornido, que luce estupendamente en unos jeans acampanados y una cazadora de cuero. El de la gorra deportiva tiene dos características físicas notorias: la mitad del rostro con cicatrices de una quemadura grave, y sus incisivos frontales sobresalen de manera llamativa en su dentadura.  El tipo alto tiene ojos azules, melena rubia, cuerpo atlético y sonrisa perenne. Acaban de despedirse, pero el hombre de la gorra vuelve a llamar con una seña al alto y fornido para hacerle una confesión: “Cuando estaba en el hospital, luchando por mi vida, te veía en la televisión ganando puntos en cada carrera, mis puntos, y eso me desesperaba”. Fue entonces cuando uno de sus médicos le hizo mirar el vaso medio lleno: “tener un enemigo puede ser una ventaja en la vida, pues más aprende un sabio de sus enemigos que un tonto de sus amigos”. El tipo alto y fornido sonríe sinceramente, y le promete que regresará a la Fórmula 1 para seguir siendo su piedra en el zapato; pero le advierte que tendrá que aguardar un poco, pues primero planea disfrutar de su triunfo porque “si no puedo gozar del placer de haberte vencido… ¿De  qué demonios me sirve ganar?” (PELÍCULA “RUSH” DE RON HOWARD).