Inicio Colaboradores Tacones Cercanos Tacones Cercanos: “Decepcionar y decepcionarse”

Tacones Cercanos: “Decepcionar y decepcionarse”

TACONES CERCANOS.

De pura nostalgia, decidí escuchar a Los Secretos, un grupo mítico del pop español de los 80. La canción, Ojos de gata, narra la congoja que experimenta un joven músico, ídolo de jovenzuelas, cuando “una noche después de un concierto” se marcha con una de sus fans y no consigue estar a la altura de lo que ella estaba esperando de él. Algo así como la célebre frase de la estrella de Hollywood Rita Hayworth, quien perseguida por la sensualidad de “Gilda” (el personaje que la ubicó en la cima de la historia del cine) llegó a declarar que su desgracia había sido que “todos los hombre que he conocido se acuestan con Gilda y se levantan conmigo”. Una sensación amarga: la decepción de decepcionar, que es casi tan dolorosa como la de ser decepcionado.
Con esta idea en la cabeza, decidí ver la adaptación cinematográfica de la obra de teatro Un marido ideal de Oscar Wilde. Cualquier obra del escritor inglés es una apuesta segura: ironía, sentido del humor cáustico (por el que me gustaría ser inglesa al menos media hora al día), enredos y un grueso desfile de temas de interés humano atemporales.
La película (protagonizada por Rupert Everett y un trío de grandes actrices, Julianne Moore, Minnie Driver y Cate Blanchett) me condujo otra vez a reflexionar sobre la decepción, esta vez haciendo mella en la pareja formada por Robert y Gertrude, ambos guapos, jóvenes, exitosos y ejemplares; tan sublimes que se ven incapaces de asimilar el revés que la realidad les ha hincado en su presente. La bella Gertrude descubre que Robert, “su marido ideal”, ese al que ella había ubicado en el cuadro de honor de la dignidad y la honradez, tiene un pasado turbio que había procurado esconderle.
Gertrude se siente herida: no solo por haber sido víctima de un engaño y ver insultada su confianza, pues lo que más le molesta, lo que le resulta insoportable, es que Robert haya destruido de un plumazo su mundo perfecto, ese en el que la gente no miente, no alza la voz, no se insulta, no dice palabrotas, ni siquiera va baño, coge virus o amanece con aliento insecticida. Por su parte, Robert, que hasta este momento había llevado hábilmente la etiqueta de “marido ideal”, se halla totalmente hundido por haber decepcionado a la mujer que tanto ama y, además, porque le gustaba mucho ese traje sin defectos que ella había construido para él. Gertrude y Robert están desolados porque su matrimonio se derrumba y, especialmente, porque ahora no son más que dos simples mortales enseñándose las tripas y encajando miserias donde antes solo hubo fantasía.
Y ahí es cuando pongo en pausa la película y me pregunto cuál sería la solución para este tipo de entuertos en la vida real: ¿dejar de idealizarse el uno al otro? ¿Analizar atentamente el pasado de nuestras parejas? ¿Someternos a un cuestionario exhaustivo que no deje ni un ínfimo resquicio a la sorpresa? En mi opinión, mis queridos lectores, quizás la solución descanse en un difícil acto de inteligencia emocional: aprender a decepcionar y a decepcionarnos.
Parece fácil, pero para el común de los seres humanos llega a convertirse en una ecuación de tercer grado. Píenselo por un momento: si desde el arranque de una relación usted sabe que los cristales podrían empañarse, los zapatos producir ampollas, la comida enfriarse o el agua salir menos caliente… ¿No viviríamos mucho más tranquilos? Y, ojo, no me malinterpreten, que no estoy hablando de convertirnos en seres desconfiados, predispuestos a esperar lo peor de quienes nos rodean. Sino que propongo estar preparados a asumir que el mundo y la gente están en constante movimiento, que la perfección no existe y que todos, en mayor o menor grado, tenemos nuestra basurilla que esconder debajo de la cama.
Y, como no, estar preparados también para esperar lo mejor en aquellos por los que no hubiésemos apostado ni un peso: como es el caso de uno de los mejores personajes de la obra de Wilde, Lord Goring, a priori de naturaleza fatua, trivial, vanidosa que, al final de la historia, es decir, a la hora en la que toca demostrar de qué materia estamos hechos, destaca por su madurez, generosidad, sentido de la lealtad y respeto.
Además de regalarnos una de las célebres frases del autor: “amarse a sí mismo es el comienzo de un romance que durará todo la vida”.

EDITORIAL.

“…comentó por ahí que yo era un chaval ordinario,
pero cómo explicar que me vuelvo vulgar
al bajarme de cada escenario”.
(“OJOS DE GATA”-LOS SECRETOS)
ESCENA INTERIOR/ DÍA. UNA PAREJA DISCUTE EN EL SALÓN PRINCIPAL DE SU MANSIÓN EN LONDRES 1895. La mujer es rubia, delgada y rondará los veintiocho años. De su cabello, prolijamente recogido, escapan deliberadamente tres bucles amarillos.
Tiene una figura delicada y graciosa, la cintura estrecha, la piel casi transparente. Sus ojos están brillantes conteniendo el llanto: “dime que no es verdad, dime que no puede ser cierto”, implora ante el hombre elegantemente vestido que le ha sujetado del brazo. El hombre es atractivo, alto, cabello corto y oscuro, con el bigote recortado y la corbata impoluta. Su rostro y el movimiento de sus manos revelan la crisis nerviosa que intenta contener. “Tienes que entenderme, la tentación era muy fuerte y yo muy débil en aquellos años. Me equivoqué…”, la mujer no le permite continuar, se levanta angustiada y se ubica en el extremo contrario del salón.
Comienza a llorar desconsoladamente. “Cuando pienso que he hecho de un hombre como tú mi ideal ¡El ideal de mi vida!”, le increpa henchida de dolor. “Y ese ha sido tu error”, responde el hombre al mismo nivel de angustia: “¡Pido a Dios que las mujeres no vuelvan a poner a los hombre en altares e inclinarse ante ellos, o arruinaran otras vidas como tú, a quien he amado ardientemente, has arruinado la mía”. (“EL MARIDO IDEAL” UNA PELÍCULA DE OLIVIA PARKER)