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El Caribe hispano; tres ciudades.

CULTURA, PATRIMONIO E IDENTIDAD.

 

Cristóbal Colón zarpa del puerto de Palos de la Frontera el 17 de abril de 1492,  al amparo de las llamadas Capitulaciones de Santa Fe, contrato en el cual se definen las condiciones que regirían la empresa colombina, recién aprobada por los Reyes Católicos. Como ya es aceptado, desembarca en la isla que nombró San Salvador, del archipiélago de las Bahamas y de allí parte rumbo al sudeste y avista las costas de Cuba, el 27 de octubre; desembarca al día siguiente en el puerto de Bariay en la costa norte de la parte oriental de la isla.
Morro.-PR.
Morro, PR.
Posteriormente abandona ese territorio y llega a La Española, donde estableció contacto con el cacique Guacanagarix y construyen el 25 de diciembre, el precario Fuerte de Navidad con los restos de la Santa María; esa fue la primera construcción hecha por los descubridores en el Nuevo Mundo.
En su segundo viaje, en 1493 descubre la isla de Puerto Rico y en La Española funda La Isabela, primera ciudad construida en América.
Posteriormente, en 1494 Bartolomé Colón funda Santo Domingo y entre 1495 y 1498 se fundan Concepción de la Vega, Santiago de Bonao y la Nueva Isabela.
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Cuba. j fortalezas.
Nicolás de Ovando traslada en 1502 Santo Domingo a la margen occidental del río Ozama, que será el primer asentamiento de traza semirregular.
Ya en 1511, cuando Juan Ponce de León conquista Borinquen y funda San Juan (1514) y Diego Velázquez inicia la de Cuba y funda las siete primeras villas, avanzando de oriente a occidente a la vez que se establece la audiencia de Santo Domingo.
No obstante, todos los primeros hábitats de la conquista son, en primera instancia, “asentamientos urgentes” y áreas de tránsito. Los españoles, siguiendo el modelo de las “fertorías” portuguesas, conciben estos asentamientos como delegaciones comerciales con ciertas implicaciones político-administrativas. Y, si primero fue el ciclo del oro, rápidamente agotado, será luego la caña de azúcar importada de las Islas Canarias la impronta económica de toda el área en siglos sucesivos, y el nacimiento de las primeras empresas creadas en el Caribe.
En estos primeros momentos de ocupación y conquista adquiere significación la figura de Pedro Menéndez de Avilés, quien fue un colonizador tenaz y llegó a ser gobernador de Cuba y de la Florida; fue un estratega visionario, pues aconsejó la fortificación de las principales plazas y organizó el sistema de flotas, elementos que marcarán para siempre la imagen y el desarrollo en el tiempo de las tres ciudades primigenias: ciudades amuralladas, fortificadas y defensivas, desarrollo portuario y poco a poco transformadas en centros de explotación territorial, no sin olvidar que fueron durante los primeros años, plataformas atractivas para la conquista del continente.
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Arquitect. Cuba. j fortalezas. 7.
Así, Santo Domingo fue, en un principio, la excepción, pues Nicolás de Ovando se empeñó en levantar una verdadera ciudad sobre un orden riguroso, razón por la cual la ciudad dominicana, la única ciudad del Caribe que encierra ejemplos de arquitectura civil del siglo XVI y otras significativas primicias como son, la primera calle europea (1502), la primera universidad (1538), el primer hospital y su espléndida catedral (1543) en la cual se integran códigos del gótico, el mudéjar y el plateresco, al decir de Haroldo Dilla, y ya en 1543 se inició la construcción de las murallas defensivas que, debido al posterior estancamiento económico y demográfico de la ciudad, nunca fueron demolidas oficialmente porque no constituían un estorbo para los habitantes de una ciudad aletargada.
Mientras esto ocurría en la isla primada, el sistema de las flotas, ponía en valor las ciudades de San Juan y La Habana; la primera, fundada en 1521, inicialmente ubicada al fondo de la bahía en Caparra, es trasladada a una  isleta frente a la bahía, ubicación más estratégica, de cara al Caribe, lo que la convirtió en un importante emplazamiento estratégico amurallado (hasta 1897) y pronto fortificado y que imprimió a la ciudad el carácter de un enclave militarista que poco después tendría  al Morro como pieza central.
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Fortaleza. SD.
Aunque sufriendo de un pobre crecimiento demográfico, la no utilización de importantes espacios, tenidos como vitales por los militares, la ciudad tuvo que extenderse extramuros y diferenciarse en clases sociales. Pero a pesar de la importancia estratégica mencionada nunca pudo lograr el auge de La Habana a la entrada del Golfo de México junto con una bahía de bolsa accesible solo por un estrecho canal y con  la proximidad de terrenos muy fértiles con grandes capacidades productivas necesarias para el abastecimiento de las flotas y la numerosa población que estas generaban, de marinos, soldados y funcionarios que permanecían en la ciudad durante varios meses.
Pronto comienza otro elemento que caracteriza a estas ciudades del Caribe; si Santo Domingo tenía en pie su primitiva fortaleza, la medieval torre del Homenaje,  y con menos necesidades defensivas aunque, no obstante; Antonelli elaboró un nuevo diseño de las murallas que, al decir de Gasparini, no supieron valorar debidamente los oficiales locales.
En San Juan y La Habana, y al amparo del reinado de Felipe II, llegan a estas tierras los Antonelli, una familia de arquitectos militares italianos al servicio de la corona española; y el primero en llegar fue Bautista, luego su sobrino Cristóbal Roda y Antonelli  en el último tercio del siglo XVI y más tarde, ya a inicios del siglo XVII, el último de los Antonelli, Juan Bautista, llamado “el Mozo”.
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SD. Fortaleza.
En 1588 una real cédula encarga a este Bautista la ejecución de las fortificaciones de Puerto Rico, Santo Domingo, Florida, La Habana, Cartagena de Indias y otras en la costa caribeña del continente, como Santa Marta, Nombre de Dios, Portobelo, Panamá y Río Chagre. Así han llegado hasta nosotros, aunque en ocasiones sometidas a modificaciones en el tiempo, la fortaleza San Felipe del Morro de San Juan (1588), y las dos más importantes fortalezas habaneras: el Castillo de San Salvador de La Punta (1589) y el Castillo de los Tres Reyes del Morro, ambas a la entrada del canal del puerto; así, la ciudad quedó fuertemente protegida ante la obsolescencia del Castillo de La Real Fuerza (1558-1577) de traza medieval y ubicada al extremo del canal de entrada a la bahía. Sin dudas, el Morro habanero es la obra cumbre de Antonelli en América,   junto al cual trabajó Cristóbal Roda durante unos 17 años.

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Cabe mencionar también el asesoramiento de los Antonelli en la construcción del castillo de San Pedro de la Roca en Santiago de Cuba, en cuyo desarrollo espacial están presentes los criterios compositivos de la familia. Además del excelente estudio citado de Haroldo Dilla Alfonso, es de extraordinaria importancia la investigación minuciosa y exhaustiva de Graziano Gasparini respecto a la familia Antonelli, del cual cito algunos fragmentos:
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Morro Santiago.
“Analizando hoy la calidad arquitectónica y los niveles técnicos, funcionales y estéticos de las fortificaciones de los Antonelli, precursores de la escuela italiana en los dominios de España en América, se advierte de inmediato que todos los miembros de la familia que intervinieron el  diseño de las fortificaciones, aplicaron el mismo discurso conceptual y formal en las obras que les tocó realizar
“La libertad del diseño, manifestada en la traza irregular, es una de las características antonellianas practicada con gran sabiduría por Bautista, no solo en la búsqueda creativa de adaptarse y aprovechar más las incidencias del terreno, sino de transformarlo y acondicionarlo a las exigencias defensivas de la fortificación”.
Tras estos primeros siglos la historia de cada una de estas tres ciudades, sigue caminos que no podemos tratar de forma sincrónica, cada una se “desarrolla” de forma diferente. Si La Habana emprende importantes cambios geográficos y demográficos desde de fines del siglo XVIII y  San Juan, al decir de Dilla, solo se incorpora a una nueva dinámica en el siglo XX, a la sombra de la hegemonía norteamericana, Santo Domingo tuvo que esperar mucho más, para “incorporarse a esta dinámica tan brillosa como contradictoria”.
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Morro San Juan.

EDITORIAL.

Capítulo  (9).

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Con frecuencia nos referimos a ese “Caribe que nos une” y me pregunto si realmente en este mediterráneo americano en que flotan nuestras islas, existe ese vínculo unidor. Lo cierto es que si algo nos une es una identidad muy fuerte que, aunque común, se manifiesta en rica y compleja diversidad en todos los sentidos, desde la geografía misma, el idioma, el devenir histórico y hasta los orígenes y estructuras étnicas conformadas también en constantes y  muy diversas procedencias.
Mucho he pensado que, desde luego, en el Caribe insular, en las tres islas que pudiéramos llamar de raíces hispanas, esos rasgos identitarios son más  fuertes, fácilmente identificables y cohesionadores.
Entre Santo Domingo (La Española), Puerto Rico y Cuba es posible mantener una lectura común en el tiempo.

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