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Las pastas: ¿Debo consumirlas o no?

Por muy discutibles que resulten sus orígenes, se piensa que ya en la Antigua Grecia se preparaba el “laganon”, una especie de lámina cortada en tiras y que terminó extendiéndose por el Imperio romano.

Cada pueblo pudo entonces adaptarla a su dieta. Los árabes secaron por primera vez la pasta para conservarla mejor en sus desplazamientos, ya que no tenían suficiente agua para hacerla fresca cada día.

Igualmente, fueron los primeros en introducirla en la isla de Sicilia, según distintas teorías que han acabado por desmontar el mito de que los macarrones los importó en Europa Marco Polo desde China. Lo que sí parece de consenso es el papel posterior que han tenido los italianos en popularizar y dar prestigio a un alimento de lo más básico.

RECETAS CON FUNDAMENTO

En torno al año 1000 apareció la que es considerada como la primera receta documentada para la pasta. La incluyó el cocinero Martino Corno, que trabajaba para el antiguo patriarca de Aquilea, en su libro sobre el arte de cocinar macarrones y vermicelli sicilianos.

Desde entonces, no han hecho más que multiplicarse los consejos para lograr el mejor resultado en la cocina. Con la industrialización aumentó la producción de pasta y actualmente existen más de 600 tipos diferentes de ese producto en todo el mundo. Eso sí, cada uno necesita llevar una salsa apropiada, de acuerdo a la tradición italiana, estricta en cuanto a combinaciones se refiere.

La Asociación de las Industrias del Dulce y de la Pasta Italiana (Aidepi) tiene, por ejemplo, una guía que dice claramente cómo elegir los condimentos en función del tamaño, espesor y forma de la pasta. Carbonara con rigatoni o espaguetis. Ragú para los ziti (como tubos pequeños). Salsa simple con ajo para las farfalle (que imitan a las mariposas) o requesón para los fusilli (en espiral).

Más de 300 fórmulas que tienen en cuenta lo que llaman la “arquitectura para la boca”, pues se entiende que hay diferencias de sabor y textura al masticar la pasta solo con cambiar los ingredientes que lo acompañan.

EDITORIAL.

SONRIE

Era una mañana de sábado. Las manecillas del reloj aún no marcaban las ocho. Inmiscuido en la rapidez que a todos nos arropa, no vi su cara en primera instancia. Me dirigía al norte, iba en una caravana en la que si no avanzaba, corría el riesgo de quedarme muy atrás. Sus buenos días me despertaron de esa burbuja en la que vivimos y que, de vez en cuando, necesitamos esos alfileres que nos devuelvan a la realidad. Literalmente, desperté y tuve que mirarla. Era una morena preciosa de cabellos ondulados y labios carmesí. Una sonrisa de oreja a oreja dibujaba su rostro mientras me cobraba el peaje. Le devolví el saludo con vergüenza y alegría a la vez. Aquello de que una sonrisa puede cambiar una vida, un día, un momento, por más trillada que esté, en aquel momento entendí el poder de esta afirmación. En pocos segundos mi día cambio por completo. Avancé por la carretera con otra actitud. Aquella sonrisa, la que recuerdo con claridad meridiana, me hizo entender que los más exquisitos regalos del universo son gratuitos y no requieren mucho esfuerzo. Mi día, que prometía ser espectacular, inició en ese momento, aunque ya tenía varias horas “despierto”. Ojalá encontrar muchas personas en el camino que nos despierten de la vorágine agresiva y veloz que languidece nuestros días o, mejor aún, ¿por qué no nos convertimos nosotros en esos guardianes e impedimos que nuestros pendientes, compromisos, afanes, citas… nos roben lo mejor de la vida? Entiendo que es justo y necesario. ¿Cierto?